SIMONE WEIL Y ARISTÓTELES
“La fuerza es aquello que convierte a quien le está sometido en una cosa.”
— Simone Weil, La Ilíada o el poema de la fuerza, p. 13.
La reputación corporativa es conceptualizada como activo intangible vinculado a la percepción del mercado, la confianza de los grupos de interés y la sostenibilidad del negocio.
Pese a ser una definición útil, resulta insuficiente desde una perspectiva ético-jurídica si no se profundiza en su fundamento último: la reputación no es tanto una construcción estratégica como una consecuencia estructural del modo en que la organización ejerce el poder. En el modo que gobierna y es gobernada.
En este sentido, el pensamiento de Simone Weil ofrece una categoría analítica de extraordinaria precisión sobre ese modo de gobernanza como vector de reputación.
Acudo a su obra, “La Ilíada o el poema de la fuerza”, la autora identifica la “fuerza” como una realidad que trasciende el ámbito bélico para convertirse en un principio ontológico capaz de despojar al ser humano de su condición de sujeto y reducirlo a objeto.
Cuando proyectamos este concepto al ámbito de las empresas, nos permite entender que toda organización que instrumentaliza a las personas, ya sea mediante prácticas de presión, opacidad o desconsideración del impacto humano, se sitúa en una lógica de fuerza que erosiona progresivamente su legitimidad y la dignidad de todos los miembros que la componen, destruyendo su reputación.
Por eso Weil llega a afirmar: “La fuerza no solo destruye a quienes la padecen, sino también a quienes la ejercen.” Simone Weil, La Ilíada o el poema de la fuerza, p. 21.
Esta dinámica, que Weil identifica en el escenario de la guerra homérica, encuentra un inquietante paralelismo en determinadas estructuras organizativas contemporáneas, donde la eficiencia, la productividad o la automatización pueden llegar a desplazar la centralidad de la persona.
De tal modo que las organizaciones, dejan de operar como comunidad —en un sentido aristotélico— orientada a fines compartidos y pasa a configurarse como un sistema de relaciones regido por la fuerza, en el que la dignidad queda subordinada a la consecución de resultados.
Este desplazamiento en las organizaciones no siempre se manifiesta en infracciones jurídicas evidentes, pero sí genera un deterioro progresivo de la coherencia interna y de la percepción externa, anticipando crisis reputacionales que, en muchas ocasiones, preceden a las consecuencias sancionadoras.
Y precisamos acudir en este específico punto al gran Aristóteles y su concepto del poder y la guerra. Si Weil conversara con Aristóteles observaríamos una convergencia particularmente significativa entre ambos autores: mientras Weil describe la fuerza como una dinámica que cosifica y deshumaniza, Aristóteles advierte que toda acción que pierde su orientación al bien común se degrada en su propia esencia.
Así, la fuerza que en Weil aparece como una fatalidad casi mecánica encuentra en Aristóteles su posible límite en la razón práctica y en la virtud, configurando conjuntamente un marco teórico en el que el poder solo es legítimo cuando reconoce y preserva la dignidad del otro.
Los sistemas de compliance, en su desarrollo más avanzado, han tratado de introducir mecanismos de control, supervisión y trazabilidad que permitan alinear la actuación organizativa con los estándares normativos y éticos. No obstante, cuando dichos sistemas se reducen a una formalidad desprovista de contenido sustantivo ético, pierden su capacidad de operar como límite efectivo al ejercicio de la fuerza. Es en este contexto es donde la noción weiliana de “atención” adquiere un valor operativo: la organización que no es capaz de reconocer al otro como sujeto, que no escucha, que no protege o que no evalúa el impacto de sus decisiones, reproduce, aunque sea de forma silenciosa, la lógica de la guerra en su propio funcionamiento interno.
Desde esta perspectiva, la reputación deja de ser un elemento accesorio o meramente comunicativo para convertirse en un verdadero indicador de la calidad ética de la gobernanza. La reputación observa al otro en su condición humana, en esa mirada ya existe la dignidad.
En definitiva, la lectura conjunta de Simone Weil y Aristóteles permite afirmar que la reputación corporativa no es sino el reflejo de un equilibrio —siempre inestable— entre una forma de poder tóxico y su límite ético. Allí donde la empresa es capaz de subordinar el ejercicio de la fuerza a la razón, al bien común y al reconocimiento de la dignidad, la reputación emerge como una consecuencia natural. Por el contrario, cuando la organización normaliza la instrumentalización de las personas, aunque sea bajo formas sofisticadas o aparentemente legítimas, la reputación comienza a deteriorarse de manera silenciosa pero inexorable, evidenciando que, en el fondo, toda crisis reputacional es, antes que nada, una crisis de humanidad organizativa.
Rafael Garzón Ruiz